jueves, 19 de abril de 2012

La Champions es otra cosa

Tocaba dar la campanada, el do de pecho o un golpe sobre la mesa. La cosa es que tras los partidos de ida de las semifinales de Champions, ni el Barça ni el Madrid supieron competir como exige la competición.

En el campo más maldito para los madridistas. Mourinho sacó a relucir su versión más auténtica, esa que se conforma con un gol fuera de casa y aguantar los embistes del rival. El problema surge cuando el rival tiene a los mejores extremos del mundo, y a tus laterales no les alcanza casi ni para la competición doméstica. Tras un tempranero gol de Ribery en un corner (el suplicio madridista del año) Ozil empató nada más comenzar la segunda parte. Si los primeros minutos de cada tiempo fueron del Madrid, el resto del partido fue una constante teutona. En el descuento, Mario Gómez, tras tres avisos anteriores, reventó la portería de Casillas tras un fallo garrafal de Coentrao que dejaba al Madrid temblando en el último minuto. Justo resultado para un partido donde uno se conformó con muy poco, y el que puso las ganas se llevó su premio.


Anoche, el enésimo duelo Chelsea – Barcelona. El clásico europeo por excelencia de la pasada década. Donde al Barcelona se le volvió a atragantar Stamford Bridge. A diferencia de su archienemigo nacional, el Barsa si que buscó y buscó el gol. No sería por falta de oportunidades (24 tiros a puerta) sino por perdonavidas o mala suerte, queda a juicio de cada cual. El Chelsea, en el único tiro en todo el partido, obtuvo su recompensa por el atento trabajo defensivo y ultraconservador que planteo Di Mateo, amante del Catenaccio. Cierto es que no sólo el Chelsea, sino ningún equipo en el mundo es capaz de jugarle de tú a tú al Barcelona, no iba a ser menos el Chelsea con el perfil de jugadores del que dispone el italiano, por lo que poco hay que reprocharle.

La falta de puntería habría que buscarla donde el Barcelona desembolsó casi 90 millones de euros este verano. Urgencias aparte en la zaga, los 45 kilos que costó saciar el ego de Fágregas y los otros 45 para traer al niño maravilla no fueron suficientes para que entre los dos apuntillasen al Chelsea tras tener 3 y 2 ocasiones cantadas respectivamente. Las de Alexis Sánchez, tras un larguero y un trabajo excepcional de desgaste, más perdonables que las del ex canterano.

Un Fábregas que falló tres ocasiones clarísimas en la primera parte. Si Messi se disfrazó del Lionel argentino que juega con la selección, unos metros retrasado participando en la creación y dando los pases definitivos que Higuaín se encarga de deslucir, ayer Cesc se disfrazó del delantero madridista. Tampoco se trajo para eso, pero con una participación nula en el juego de creación, la escasa velocidad, el parsimonioso y desidioso trote con el que ronda el campo y las infinitas pérdidas de balón uno se pregunta qué fue lo que impidió a Guardiola cambiarlo por Thiago mucho antes de cuando se produjo el cambio. La frescura del 11 del Barcelona evidencia cada día al flamante fichaje veraniego que le robó el 4 por obra y gracia suya pese a tener menos experiencia en el equipo.

Dice Martí Perarnau que no lo dudemos, que Fabregas habla el idioma Barsa. El software de Pep, como el mismo 4 le llama. La realidad es que los que se subieron al carro de Fábregas se han dado cuenta de que al carro le faltan las 4 ruedas.

Con un Xavi desaparecido todo el año, un Iniesta discreto y un Messi excepcional. Anoche se echó de menos al jugador menos dotado de la plantilla, el que más balones pierde y el que menos se asocia. El barcelonismo sabe que Villa, el menos admirado del club, habría aprovechado el momento y estaríamos hablando de otra cosa.


A falta de la vuelta en casa. Ambos equipos lo tienen más o menos difícil aunque sigan como favoritos. Si bien el resultado del Barcelona es más desfavorable y un gol rival haría muchísimo daño, juegan contra un rival muy inferior al que presuntamente encontrarán el gol fácil jugando en casa. El caso del Madrid es distinto. Necesitan nutrirse del oxígeno que les dio el gol del fundido Ozil para encararse con un rival que les tiene cogida la medida. Sus opciones pasan porque unos encuentren la puntería y los otros, el juego. 

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